La vida en obras


LA VIDA EN OBRAS


Durante uno de mis escasos viajes en soledad, asistiendo a un momento para mí único y probablemente -no, seguro- irrepetible, sin una cámara a mano, mi sonrisa de idiota desapareció. Enturbiado mi entusiasmo inicial por una desconocida sensación de vacío, ya sólo podía pensar en la desesperación de no haber compartido aquel momento, ni siquiera en diferido y enlatado, con aquellos que me ayudaron a llegar hasta allí y que en ese momento se encontraban a miles de kilómetros de mí. After but before quiere reparar en parte este eterno sentimiento de culpa del viajante, compartiendo documentos fotográficos, vídeos, ideas, textos, relatos...Cada uno conforma una pequeña viga, un ladrillo, un gramo de argamasa de un edificio a medio construir que difícilmente quede concluso.

Espero que lo disfrutéis


Zantonio

viernes, 22 de octubre de 2010

Los hombres del pasamontañas

Recuerdo que cuando era pequeña mi padre solía amenazarme con el hombre del pasamontañas. Decía que me mandaría con él si no hacía esto o si no hacía lo otro. El hombre del pasamontañas pasaba por nuestra calle todos los días a última hora de la tarde. Iba montado en la parte trasera de un camión que despedía un hedor insoportable. Paraba junto a cada uno de los contenedores verdes que se distribuían a ambos bordes de la calzada entre coches, farolas y árboles. Le llegué a coger tal pánico que un día que apareció sorpresivamente a la vuelta de una esquina, me solté de la mano de mi madre y salí corriendo, cruzando sin mirar la avenida de la que veníamos. El coche que me atropelló no iba demasiado rápido y apenas me hizo daño. Eso sí, conseguí que mi madre me explicara quien era ese dichoso hombre del pasamontañas, el servicio que prestaba a la sociedad y cómo tenía que lidiar con nuestra basura.
También me acuerdo de los largos paseos que daba con mi padre cuando empecé a verle más por casa. Eso fue a partir de una noche que no pude dormir. Daban las cinco en el reloj del salón del vecino y mi mamá seguía gritándole. Entendía pocas palabras porque con sólo seis años aún no me habían enseñado los tacos. Le llamó inútil y desgraciado y le dijo que ya podía robar un banco porque ella no iba a darle de comer. Cuando pregunté a mi padre, me dijo que había crisis y yo no entendí qué era eso de crisis. Luego me confesó que no tenía trabajo y tampoco entendí qué quería decir con eso. Empezó a llevarme a sitios de la ciudad a los que nunca había ido con mamá. A mí me parecían feos pero papá me llevaba siempre a los mismos. Hablaba con gente rara y le daban bolsas que metía en mi mochila. Nunca me dejó ver su contenido. Por las noches, después de mandarme a la cama y darme un beso de buenas noches, se iba a la calle. Recuerdo que por entonces mis amigos más amigos, Pedro y Sara, dejaron de venir por casa. Ni siquiera vinieron a mi cumpleaños. Sus papás les apartaban de mí a la salida del colegio. Una mañana, cuando mamá me estaba vistiendo para el cole, llamaron a la puerta, no al timbre, a la puerta. Parecía que la fueran a echar abajo. Mamá miró por la mirilla y abrió. En el portal esperaban unos señores con pasamontañas vestidos de azul oscuro. Uno de ellos saludó a mi madre y pidió por favor que le llevase hasta mi padre. Aquel día se llevaron a mi padre y no volví a verle hasta mucho después. Pero siempre supe sin que nadie me lo explicara quiénes eran esos dichosos hombres del pasamontañas, el servicio que prestaban a la sociedad y cómo tenían que lidiar con nuestra basura.

Zantonio


Londres, abril de 2010

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